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Y para celebrar tan bendito cambio de estación, aunque aquí en el sur de India hace calor todo el año, iba a compartir hoy un reportaje que publiqué el año pasado sobre Nueva Delhi en esta misma revista, mi querida Primera Línea, cabecera con la que llevo colaborando en períodos discontinuos desde finales de la década de los 90 y que jamás me ha cambiado ni una sola coma de los textos que les envío (ni tampoco me ha discutido nunca ninguna de mis fotos. Lo cual es mucho decir).
Sin embargo, vistas las recientes elecciones en Israel, tras las que Netanyahu ha anunciado que NO hay ni habrá planes para reconocer el Estado palestino, prefiero compartir este otro reportaje -el primero que colgaré aquí de los trabajos que publico en esta revista, aunque hay más (próximo Delhi, pero también Katmandú, Lausanne, Myanmar, Sri Lanka, etc)-, para celebrar que algún día, tal vez como el de hoy, SÍ que florecerá el Estado palestino igual que todos los meses de marzo florece, allá en Europa, un nuevo ciclo vital. Palestina ha de recuperar el hueco que le pertenece en el mapa y esto no es discutible. La cuestión es cuándo.
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De momento, la vida allí no es fácil
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Muerte y esperanza en Palestina
En tierra hostil. Nos colamos en los
territorios palestinos ocupados, una gigantesca trinchera y uno de los rincones
del planeta con mayor número de armas por habitante.
Por Rafa Gassó
En un país de violencia endémica donde los niños que juegan con pistolas de
juguete no son tan niños ni el plástico de sus armas tan inocente, perderse por
según qué lugares no es buena idea.
Los chavales que me acabo de cruzar no llegan a los veinte y lo que
trastean entre ellos es una cacharra metálica de aire comprimido con la que
prueban su puntería mientras no dejan de mirarnos a mí y a Fadi, un cantante de
hip hop árabe (aka Maqdsi), al que acompaño por su barrio, más allá del campo
de refugiados de Shuafat, el gueto palestino, foco de revueltas de Jerusalén,
cruzando el checkpoint del norte.
He venido como miembro de la
caravana de Pallasos en Rebeldía a celebrar el ‘Festiclown-Palestina’ en
Cisjordania. En un día libre, me he aventurado con Fadi hasta su casa para
hacerle unas fotos y conocer su trabajo. He visto, hace escasos días, a tíos
bregados en llevar sonrisas a lugares imposibles, bloqueados ante una gala a
punto de suspenderse varias veces en beneficio de la integridad física de la
compañía, replegada en un polvorín con forma de ratonera a punto de reventar.
Carreras suicidas entre motos y caballos, peleas a puñetazos y ganas de bronca
entre críos ensangrentados y armados con piedras que tiran a dar. Así que asumo
que es cuestión de segundos que un balín de los que están disparando estos chavales
se me incruste en la pantorrilla. Nos paran. Me acerco junto a Fadi a saludar,
sonriente. Me radiografían. “¿Sabes por qué nos han parado?”, me pregunta un
minuto después. “Aquí vienen muchos jóvenes vestidos como tú que se hacen pasar
por árabes y trabajan para el Mosad. Querían saber si eras uno de ellos”.
Jerusalén, reclamada capital de Palestina bajo control de Israel, tal vez
sea una de las ciudades más vigiladas del mundo. Sólo en cada esquina de la
Ciudad Vieja hay una videocámara que registra cada movimiento, soldados y
policía con impunidad frente a cualquier violación de derechos –lo que incluye
turistas no devotos-, y un descarado clima de desconfianza ante cualquier
elemento ‘raro’. Más tarde, en el checkpoint de regreso, un veinteañero vestido
de Robocop blandirá mi pasaporte, M16 al hombro, preguntándome qué coño hago
allí, único europeo camuflado al fondo de un minibús local que nos lleva de
vuelta a la ciudad. Para salir del paso, uso la misma técnica que empleé en el
checkpoint de acceso al Muro de las Lamentaciones: soy un inocente y mayúsculo
payaso. Y, si me apuras, también un periodista. Unos días más tarde, la
corresponsal de ‘El Periódico de Catalunya’ me advertirá de que los soldados
israelíes no nos pueden bajar de un autobús. “Nos ahogan”, me ha contado Fadi,
acurrucado en una esquina mientras espiábamos cómo un bulldozer derribaba una
casa frente a las colonias judías que avanzan, imparables, hacia su barrio.
“Además, de este lado hay mucha corrupción: si, por ejemplo, llegan mil dólares
de una ONG para mejorar el centro social junto a la mezquita de Hamás, 100 van
para la foto y 900 para los bolsillos”, me confió. “Y drogas: MDMA, cocaína,
ketamina, brown sugar. Lo que quieras. Por eso me dediqué al hip hop. Mis
letras hablan de toda esta mierda. Solo un 10% de nosotros irá a la Universidad
y apenas un 1% conseguirá trabajar de lo que ha estudiado. Vivimos en una
prisión. Y nos ahogan”. Un cóctel explosivo al que asomarse en cuanto cae la
noche y acaba la oración a lo largo de la larga Salah Eddin Street, frente a la
Puerta de Herodes, punto de encuentro entre jóvenes canis de la endurecida
clase trabajadora palestina, que parecen salidos de una canción de Ilegales.
Coches ultra tuneados que rugen en primera al máximo de revoluciones, altavoces
capaces de derribar una sinagoga desde un maletero que sirve de fumadero de
shisha, y broncas multitudinarias con espíritu circense en cuanto alguien tose
más fuerte.
Una dosis de violencia
Estamos en Almaysaa, garito de referencia de la ciudad de Nablus, una
metrópoli al norte de Cisjordania rodeada de cuatro acuartelamientos militares
y nueve checkpoints, preparada para ser bloqueada y aislada en un tiempo récord
de cinco segundos, a la que Israel señala como “capital del terrorismo”. De
aquí salió el yihadista que mató a cuchilladas a un soldado israelí el pasado
noviembre en respuesta a la ocupación de Jerusalén y el cierre temporal de la
Explanada de las Mezquitas. Detrás de cada dulce sonrisa de cada parroquiano
del Almaysaa, un shisha-bar regentado por un miembro de la resistencia, se
esconde una generosa muestra de cicatrices físicas y emocionales que harían
palidecer al más curtido de la clase.
Cicatrices como las de Wajdi, por ejemplo, un afable paramédico, director
de una ONG local, licenciado en Marketing y estudiante de Sociología, al que
los soldados israelíes, según nos cuenta él mismo, dispararon en las dos
piernas al confundirlo con un terrorista cuando se fumaba un cigarro en la
terraza de su casa. Cinco horas más tarde, con su ambulancia retenida en un
checkpoint y él desangrándose durante el duro interrogatorio al que le
sometieron los soldados, Wajdi no fue capaz de reprimir el impulso de darle un
puñetazo a uno de ellos. Una reacción “de pura rabia” que, según asegura con
una sonrisa carente de malicia, le costó varias costillas rotas a culatazos. O
como las de Ihab, psicólogo, clown y videoperiodista, que trabaja con niños
traumatizados por la guerra y cuyo buen pulso para grabar la primera línea de
las peores refriegas es célebre entre sus compañeros.
“Aquí es donde lo mataron”. Ihab me lleva a unas abruptas y empinadas
callejuelas, en el centro de Nablús, donde un amigo suyo fotógrafo cayó abatido
por el fuego de chiquillos que cumplían ese servicio militar obligatorio que
Israel impone a sus ciudadanos a partir de las 18 primaveras: tres años para
ellos y 21 meses para ellas. Al confesarle mi admiración por las carcajadas,
los abrazos, los bailes y el buen rollo reinante en la fiesta de la pasada
noche, cuando de día, su día, la realidad es tan negra, cruel e invariable, me
responde con una honesta sonrisa: “Tenemos derecho a la esperanza, a ser
felices”.
Si el resto de Europa y el mundo no sigue pronto la estela de Suecia, Malta
y Chipre, las primeras naciones que dieron el paso de reconocer a Palestina
como Estado, “nadie sabe lo que pasará dentro de diez años con esta nueva
generación”, apunta el director de otra ONG en el Valle del Jordán, donde los
palestinos han de pagar a precio de oro el agua que Israel extrae de sus pozos.
Una generación de niños y jóvenes desesperados que, como muchas voces apuntan,
sueña con ser adulta para pasar a la acción y “reventar judíos”. Literalmente.
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Reportaje sobre Palestina, de expedición con la caravana de 'Pallasos en Rebeldía', publicado el pasado mes de enero en la revista 'Primera Línea' (Grupo Zeta) / Texto y fotografías © Rafa Gassó |
Ojalá Rafa, ojalá que recuperen ese hueco (su hueco) en el mapa y por supuesto q ese derecho a la esperanza, aunque no sea tarea fácil, no la abandonen nunca.
ResponderEliminarPor cierto, sabias q el 21 d marzo, comienzo d esa primavera trompetera, también "celebran" en Palestina el día d la madre? No puedo imaginarme las lágrimas q llevarán ya derramadas esas mujeres, ni siquiera si aún les quedará alguna...
Entre tanto, y tan triste, q no falten esas caravanas de corazones grandes y valientes, que por cada 7 lágrimas derramadas regalan 1000 sonrisas :) y es q las de sus hijos duda han d ser las suyas propias.
va por ellas pues!!!
Buen trabajo Rafa, en el paréntesis y fuera d el. Un abrazo,
Gracias por tus palabras y comentario, Cristina :-)
ResponderEliminar¡Ojalá todo!
Un besote!