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"¿Es la guerra?" Una mujer india habla por teléfono en su casa típica rajastaní / Foto © Rafa Gassó |
Los indios es lo que tienen, que lo mismo los
adoras que los quieres matar. Del amor al odio –y viceversa- en intervalos de
cinco minutos. Es que es un país TAN diferente. Esto es así. Sí, sí. Otro
planeta, casi literal. Cambia tantísimo su filosofía con respecto a la nuestra,
esa forma de entender la vida. Y la muerte. Porque no se entiende la vida si no
se entiende la muerte. Pero son TAN felices, (los cojones, felices). TAN
sonrientes (los cojones, sonrientes). Será como todo. Incluso hay un informe de
UNICEF que revela que hay más desnutrición en India que en África, lo que
claramente afecta al desarrollo intelectual de una gran parte de la población.
O sea, que cuando tú estás delante de un camarero indio que te acaba de servir una
Fanta de naranja y un limón en un platito de café, cuando tú sólo has pedido
una “Lemon Fanta”, preguntándote si el tipo es idiota o se lo hace,
posiblemente es que lo sea. Pero de verdad. Sin ánimo de insultar. Quizá una
falta de lácteos en su niñez que le ha privado de la capacidad de descifrar
abstractos de dos palabras. O quizá un torrente de origenialidad que le hace, esta vez sí, más probablemente, ser
realmente feliz. Porque, ¿tú te has fijado cómo bromean entre ellos, lo mucho
que se ríen? Se pasan el día gastándose bromas. Esto es un hecho. ¿Y cómo
miran? Eso es porque son muy curiosos, como si cada día, al despertar, todo les
resultara nuevo, un poco como Nemo. Y porque no tienen el concepto de privacidad
que tenemos nosotros allí en Occidente. Se limpian los dientes en público, se lavan
o hacen sus necesidades en público. Así que todo está a la vista de todo y,
oye, por qué no mirar.
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Los músicos de una boda descansan en las calles de Pushkar / Foto © Rafa Gassó |
Les llaman la atención las cosas más inverosímiles.
El ruido, por ejemplo. Cómo les gusta. Esas bodas que desfilan con el novio a
caballo en busca de su amada y una ristra de lámparas que cercan una profesión
de invitados resguardada por un carromato con cuatro megáfonos que parecen
arrancados de un transatlántico –y suenan igual o más fuerte-, y un indio
desganado con cara de sudársela TODO que toca un organillo sin orden ni
concierto, siguiendo NINGÚN tipo de canon, acorde o melodía, consiguiendo que
ninguna nota concuerde con la siguiente mientras un pelotón de tamborileros
destrozan tímpanos a traición. A sabiendas de que cualquier turista dará un
respingo con taquicardia aún esperando a que el cabroncete del tamborcito golpee
más fuerte cuando pase por su lado sonriendo con suficiencia. Que vas andando
por la acera y cuando asumes que vas a morir atropellado por un camión -dada la
intensidad del claxon-, te giras y es una moto pidiendo paso.
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La comitiva de una boda pasea por las calles de Pushkar / Foto © Rafa Gassó |
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El novio, montado a caballo, se dirige a buscar a la novia / Foto © Rafa Gassó |
Aunque no es lo mismo en el norte que en el sur. Esto
también es verdad. Porque no hay que olvidar que es un continente mal llamado
subcontinente, poblado por 1. 200 millones de almas (censadas; que se sepa),
con 18 lenguas oficiales y un nivel de desarrollo en el sur (a diferencia del
resto del mundo), que nada tiene que ver con sus vecinos pobres del norte.
Porque los indios. Los indios… Los indios. TODOS
HABLAMOS DE LOS INDIOS PERO NINGUNO TENEMOS NI LA MÁS REPUÑETERA IDEA DE QUÉ O
QUIÉNES O QUÉ COSA SON LOS INDIOS. Y mucho menos este país. Así que mi consejo,
amiguitos, es que si algún decidís visitar este otro planeta lo hagáis con las
manos a la espalda, la boca cerrada y los ojos muy abiertos. De mirandas. Sin
emitir juicio ni buscar comparación. Porque no hay comparación posible y por
tanto no tiene sentido tratar de entender o comprender por qué las cosas
funcionan exactamente al revés del resto del mundo. Es, simplemente, India. No por
nada su frase más popular, con la que más les gusta definirse, es “Sab kuch
milega” o “Everything is possible” o “Todo es posible”, que es lo mismo en
hindi, en inglés o en castellano. Cualquier escena, imagen o estampa que a tus
ojos parezca salida de un colocón de banglassi,
habrá sucedido, probablemente, en realidad, delante de tus ojos.
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[Nota: No olvidar escribir la inesperada historia de Kikasso, el "Picasso indio", como se hacía llamar antes de abandonar su mítica esquina en Pushkar por Jaipur. Kiku. Òscar. / Foto © Rafa Gassó ] |
Y en ello está este blog/ eBook in progress. Contar
India tal cual se deja ver ante cada cual. Sin emitir juicio. Sólo contar.
Transmitir. Tal vez las conclusiones, siempre subjetivas, se encuentren en su
lectura.
La primera razón, pues, por la que empezar a narrar
este This is my India en Pushkar ya la había contado. La segunda, ahora ya,
es porque viene muy bien para poner en situación al neófito en bizarrismos
hindustanos. Viajemos a la primavera de 2009. A un infernal mes de abril.
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El lago de Pushkar en la actualidad, totalmente recuperado / Foto © Rafa Gassó |
Pushkar, la ciudad construida alrededor de un lago
que creó Brahma (junto a Vishnu y Shiva, Creador, Conservador y Destructor del
Universo, respectivamente; la Trimurti, las tres principales deidades del
hinduismo), al dejar caer una flor de loto, estaba seca. Reseca, polvorienta y asfixiante.
El calor, en este lugar de peregrinación sagrado a orillas del desierto,
comenzaba a apretar de lo lindo y los constantes cortes de luz te despertaban
de noche bañado en sudor y con el ventilador apagado durante horas. No corría
ni una gota de aire y cuando lo hacía era para esparcir polvo hasta secarte la
garganta. La ciudad olía a pescado podrido y el lago, que era la principal
visita por la que servidor había llegado por vez primera a esta pequeña joya
del Rajastán, estaba sin agua y con una manada de excavadoras que parecía
hibernar. Nada tenía sentido. La historia del lago seco de Pushkar se convirtió
en leyenda y sólo el paso de los años consiguió descifrar el misterio. Para
ello consulté hace poco a Gustavo, de visita desde Allahabad, su nuevo destino
en Uttar Pradesh, a la que había sido su ciudad durante los cuatro últimos
años. Gustavo es un ingeniero argentino que vino a construir la nueva carretera
que conecta Pushkar con Delhi, y su gran corazón y generosidad innata convirtió
su casa en una suerte de Embajada Hispana en el Rajastán. Todo español que
pasaba por Pushkar terminaba irremediablemente, antes o después, en el salón de
su casa. Bien durmiendo en su sofá, bien bebiéndose su bar o bien disfrutando
de sus dotes de anfitrión, melómano, o simplemente conversador. La historia que
él había logrado recopilar es, pues, la que daremos por cierta. La que define
muy bien, o al menos acerca, a qué es o cómo funciona este país. Veamos: Durante
el festival de Ganesha que se había celebrado ese mismo año, un sinfín de
figuritas de la deidad de la prosperidad y la sabiduría habían acabado en el
fondo del lago. Cientos, miles de figuritas. Ocurrió que tales representaciones
estaban fabricadas con un material tan tóxico, que terminó envenenando todos
los peces del lago. Así que decidieron vaciarlo para retirar todo el ecosistema
aniquilado, con tantísimo empeño y ahínco en las tareas de limpieza y
desinfectado, que también extrajeron el subsuelo arcilloso que hacía de capa
natural impermeable, y conforme lo volvían a llenar de agua ésta desaparecía
absorbida por la sedienta madre Tierra, como suele suceder. El resultado fue
una larguísima temporada con la ciudad del lago sagrado sin agua y un olor
pescado que tiraba para atrás y ahuyentaba peregrinos. Eso, ese tipo de ideas,
de soluciones, de lecturas de los hechos, es India. Ni más ni menos.
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[Continuará]
Me encanta leerte Rafa, no puedo parar de reír y sentirme identificada con muchas de las cosas que explicas, que sientes, que vives, que hueles, que intuyes, que te desesperan, pero que a la vez te inspiran! sigue por favor contándonos tus anécdotas, me hacen sentirme menos sola en esta aventura llamada "INDIA" donde "todo es posible".
ResponderEliminarMe gustaría haber visto tu cara cuando te llevó la Fanta el camarero... Te veo como un entomólogo del ser indio, un Gerald Durrell de la cosa (y no estoy llamando insectos a los indios, que conste).
ResponderEliminarGenial, como siempre. Un disfrute leerte, amigo
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