![]() |
La consulta del médico ayurveda de Chawdi / Foto © Rafa Gassó |
.
“Eres fuego. Has de dejar de comer picante y beber mucha
agua. Al menos dos litros. Necesitas bajar la temperatura de tu naturaleza”.
De haber sido una actriz de Bollywood la autora de
tan sorprendente afirmación, soltada a bocajarro, a dos palmos de mi rostro, me
habría arrancado la camisa en ese mismo instante, dejando al aire mi medallón
de la Virgen de la Macarena (a juego con mis calzoncillos de piel de leopardo),
y hubiera saltado por encima de la mesa adormeciéndola astutamente con un vapor
de aliento de Varón Dandy, auténtico flúor de la seducción ibérica, antes de aferrarme
al lóbulo de su oreja para susurrarle un coqueto “¡Grrr…!”.
Pero, sin embargo, no era autora sino autor el
juglar de las cosas místicas; enjuto y cetrino, doctor ayurveda, para más
señas. Y la mesa que nos separaba, la de su consulta. Y en este punto, diré:
Provengo de una familia escéptica que le cuesta creer hasta en sus allegados
más próximos, así que no fue hasta mi tercer viaje a India, cuando Durguess –quien nunca aprobó aquellas oposiciones *, por cierto-, me dio un
jarabe ayurveda para una tos seca que me estaba disecando la vida, magia que me
fue a las mil maravillas –anoto-, y empecé a dejar de ver con recelo esta
alternativa a la medicina tradicional tan extendida y presente en India. Casi
con más arraigo que su ‘homóloga’ química. En definitiva, que hemos contraído
un virus –en mi caso ampliado a severo constipado por surfear cada amanecer el
rocío en moto, yendo a por el desayuno, un pequeño placer privado del que
hablaremos más adelante, el de conducir en India-, y por recomendación de mi
amigo Alberto, esta mañana a primera hora hemos ido a su consulta.
[Y este otro punto, reseño: La medicina y farmacia
india, igual o más competente que las de cualquier país occidental
‘desarrollado’, es del orden de un 70-75% más barata e igual de eficiente o
más, en según qué campos. Hace muy pocos años, no recuerdo si dos o cuatro, las
farmacéuticas indias ganaron la batalla de las patentes a sus homólogas suizas
y americanas –las reinas mundiales del cotarro-, siguiendo una política basada
en la “medicina barata para todos”… y porque al final la batalla acabó en el
Tribunal Superior de Justicia indio, que evidentemente falló a favor de India,
por si alguien quiere aventurar conclusiones para averiguar quién es el tonto y
quién es el listo en cada mundial. También influyó el hecho de mantener el
pulso acorde a la idiosincrasia india –a mi juicio muy positiva-, que es la del
‘orgullo de raza’. Son indios y están orgullosos de serlo. A veces, hasta el
punto de resultar un poquito bastante racistas. Pero aquí entraría el discurso
sobre una sociedad donde el sistema de castas, aunque abolido
constitucionalmente desde 1950, sigue absolutamente presente –hay quien podría
opinar que el indio desprecia hasta el europeo-, pero todo eso no sería sino
meternos en otro jardín en el que nos meteremos, sí, pero no ahora. Sólo una
última conversación que tuve con un dependiente indio, justo después de visitar
el médico ayurveda, ayude, quizá, a explicar esto que digo. Buscaba estos
cacharros que se enchufan a la corriente eléctrica para calentar agua o leche,
una resistencia que ya compré en Pushkar y cuyo plástico quedó fundido al
tercer chai que me hice, y mientras le explicaba qué buscaba, el dependiente ya
tenía uno en la mano: “150 rupias”, me dijo. “¿Es bueno?”, le pregunté. Y le
expliqué cómo el otro se había roto al tercer uso con el peligro añadido,
además, de que podría haberme dejado frito por electrocución, cosa que pasaría
por alto en el caso de ser hinduista y contar con una o varias reencarnaciones.
Pero no es el caso. Los cristianos, de momento, sólo tenemos opción a una sola
vida terrenal y no quisiera perderla preparándome un mísero té. Yo, ¡que soy de
café! El caso es que el tipo me respondió presumido: “¿Te costó 70 rupias?”
–Sí. “¿El cable era negro?” –Sí. “Entonces era de fabricación china. Basura”,
atajó. Y acto seguido, con sonrisa y expresión satisfecha, giró la caja, me
enseñó el envoltorio, y dijo con tierno orgullo de padre: “Mira. Esta está
fabricada en India”].
Y allí estaba yo, con mi brazo extendido, el tipo
tocándome el pulso y diciéndome, tal vez susurrándome: “Eres fuego”. Juro que
le habría contestado “fuego en tus ojos, pirata”, de haber tenido más paciencia
o más humor, pero para ese momento ya le estaba preguntando que por qué era
fuego. Entonces me explicó que la medicina ayurveda divide su disciplina en
tres elementos: Aire, fuego y agua. A la que una se dispara, hay que compensar
las demás. Y entonces fue cuando vino lo mejor: “También tienes que controlar
tus impulsos. No perder la calma tan rápido. Tienes demasiado fuego y te
enfadas muchas veces al día. Hay que controlar eso”. La socia allí presente
contuvo la risa y con una mano y se afanó en repetir: “Dos litros y medio
diarios de agua”.
Aquí los tengo.
.
![]() |
Fuego camina conmigo / Foto © Rafa Gassó |
* El examen de Durguess (21/04/2009). Curveando.
En
ocasiones establecemos vínculos amistosos con una persona sin intercambiar
apenas un par de miradas. Puede ocurrir, por ejemplo, en ese café que eliges
como tu refugio particular para escapar del ritmo frenético y estresante de una
ciudad como esta, la de Delhi, que mucho me da que no es sino la punta de lanza
de un país que igual te puede hacer sonreír que llorar, conmovedor como pocos
hasta el extremo de odiarlo y amarlo al mismo tiempo, con la misma intensidad,
como un puñetazo en la boca del estómago que te dobla para mostrarte que en
algunos lugares del mundo todo es posible, hasta la mayor contradicción de
entre todas las contradicciones imaginables o inimaginables.Es en ése café
donde prácticamente he comido y cenado estos últimos días, al calor del calor
humano cuando se viaja en soledad por un país que reparte hostias como panes
desde la primera hora del día hasta la última de la noche.
Hoy fui
a comer allí por (penúl)ultima vez; mi tren para Jaisalmer parte en apenas hora
y media y quería decirle ‘hasta luego, nos vemos de aquí a un mes, hacia
finales de mayo’; volvía de haber visitado el Fuerte Rojo a lomos de un tuk-
tuk arrastrado por un escuálido muchacho que apenas podía sujetarse... y me
sentía fatal. Nunca he dudado a la hora de regatear. Es más, hace varios viajes
que dejé de hacerlo. Pongo un precio y no discuto. Y sin embargo... Qué difícil
resulta hacerlo en esta India pobre y miserable (miserable, miserable y
miserable, espero que llegue el día en el que los carromatos no se aparten ante
los soberbios cláxones de los coches pudientes, última generacion, que exigen
un camino libre de harapientos; que crucen sus ciclos y exijan con violencia su
derecho al tránsito por una vía que les pertenece a ellos mas que a ningún
otro), esta India que se cae a pedazos de verdadera hambruna y desesperanza.
Y hablé
con él. Me senté, le pedí un dal fried con chapati y él me pidio
que le enseñara la cámara; jugó un rato con ella, hizo un par de fotos y luego,
con una sonrisa algo tímida, me preguntó cuánto costaba: “Unos 200 euros”,
quise mentirle. “Es muy cara”, respondió. “No, no es cara”, le dije. “No en mi
país”. Me preguntó cuánto ganábamos allí. Luego me tocó el turno a mi. “700
rupias”. 700 rupias que han de servir para pagar un piso de otras 400, comer,
vestirse y (no) darse algún capricho. Más tarde me contó que él no era de
Delhi, sino de la región de Utah Pradesh, que sólo llevaba 10 meses viviendo en
la capital, y que no quería seguir por mucho tiempo en ese mismo trabajo, un
trabajo que le ocupa desde las nueve de la mañana hasta las 11 de la noche. “El
26 tengo un examen para trabajar en los Ferrocarriles. Si lo apruebo, en un mes
estaré
trabajando allí”. “¿Y has estudiado fuerte?”, le
pregunté. “Sí”, dijo seguro de si mismo y sin perder por un instante su dulce
sonrisa. No sé rezar, pensé, ni lo haré, pero sí que haré fuerza por ti. Ojalá
que apruebes ese examen, chaval. Ojala.
No hay comentarios:
Publicar un comentario