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Un punto de vista de la Plaza Durbar, Patrimonio de la Humanidad en Katmandú, reducido a escombros tras el terremoto de ayer a 80 kilómetros de Pokhara / Foto © Rafa Gassó |
A las seis y media de la mañana de un domingo, de este domingo 26 de abril posterior al
desastre –concretamente-, hace más frío, si cabe, en Dharamsala. Ayer se
desplomó un aguacero del cielo del norte de la India y tras unos días de
relativo calor han vuelto a bajar las temperaturas. El sol pelea, a hora de
ahora, por buscarse un hueco en el que mostrarse a través de las mantas de
nubes. Es lo que tienen las montañas. El impulso incontrolable de la Tierra, que a veces habla y ruge sin esperar su turno de
palabra y sin que nadie le conceda la vez. Más poderosa que nosotros en todos
los casos, no queda otra que torear sus ataques de cólera cuando despierta de
súbito.
La primera vez que estuve en Nepal fue a finales de
un caluroso mes de mayo de 2009...
Concluía allí cerca de un año de viajes por el sudeste asiático y tras cruzar la frontera desde India, vía terrestre, por el paso de Gorakpur, y pasar un par de reveladores días en la anodina Lumbini, decidí atraparme benditamente en una guesthouse frente al muy apacible lago de Pokhara, a pocos kilómetros de su terrible núcleo turístico. Un lugar hermoso y salvaje cuya ley natural, además, acepta bañistas.
Concluía allí cerca de un año de viajes por el sudeste asiático y tras cruzar la frontera desde India, vía terrestre, por el paso de Gorakpur, y pasar un par de reveladores días en la anodina Lumbini, decidí atraparme benditamente en una guesthouse frente al muy apacible lago de Pokhara, a pocos kilómetros de su terrible núcleo turístico. Un lugar hermoso y salvaje cuya ley natural, además, acepta bañistas.
La segunda y última vez fue el año pasado en estas
mismas fechas de finales de abril. Salvo en los viajes organizados para la
prensa por las muchas agencias de comunicación que han convertido el marketing
en periodismo al dictado, nunca me he movido por el mundo con visa de
periodista. Tampoco he arrastrado nunca una cámara de grandes dimensiones si lo
que he pretendido es pasar lo más desapercibido posible, en beneficio del
resultado de mi trabajo. En India, además, la cuestión de la visa es siempre un
quebradero de cabeza. Casi ningún periodista extranjero actualmente en activo
en este país, ejerce su profesión de manera legal. O al menos bajo las leyes de
este país. David Jiménez, uno de los más brillantes corresponsales que ha
tenido El Mundo durante 12 años en Asia, otrora mi “jefe” en la región,
acostumbrado a bregar con llamadas a consulta en embajadas como la de China por
sus artículos críticos y afilados, me preguntaba una noche en Bangkok qué
narices pasaba con las visas de periodista en India. Llevaba meses esperando la
suya y al final, harto de negativas y del “vuelva usted mañana”, sopesaba
declinar la idea de viajar al subcontinente. Lo mismo pasa o pasó –hace un tiempo
que decidí desvincularme de la camarilla de periodistas expatriados, acaso sólo
cervezas y conversaciones sobre el tiempo, así que no sé cuál es la situación
actual-, con Cristina García Rodero, la primera fotógrafa española en formar
parte de la cooperativa en la que se basa la mítica Magnum, la más prestigiosa
agencia de fotografía mundial, fundada por Robert Capa, el primer
fotorreportero de esta violenta Historia del mundo. Después de más de un año de
espera y hasta hace unos meses, continuaba confiando en recibir, algún día (un
día ubicado en ese siempre desesperante e irreconocible en el calendario, “after some times” indio), la ansiada
estampa legal en su pasaporte que le permitiera poder fotografiar este lugar y
contárselo al mundo. Yo mismo recibí una llamada de un compi, entonces en la
corresponsalía que la agencia EFE tiene en Nueva Delhi, advirtiéndome de que en
la Embajada de India en Madrid habían preguntado por mí y la compi mexicana de
El País, tras la minuciosa cobertura que habíamos hecho en los respectivos
periódicos a los que representábamos (yo sin 'permiso'), sobre el “caso Nirbhaya”,
ese mismo que pareció desatar una ola de violaciones. Para entonces yo andaba
en Varanasi; de camino a Calcuta. Allí, en West Bengal, un avión me extraería
en pocas semanas a la muy paradisíaca Bangkok –para quien lleva meses pisando
barro en India, es el cielo-, llena de lugares limpios y con aire
acondicionado, refrescos frescos y cerveza barata, desde donde volaría a
Myanmar. Un horizonte nada dramático. La estrategia sería dejar pasar el tiempo,
mirar para otro lado –silbando-, y al cabo de una buena temporada, ya en España,
con el artificiero imaginario que hay en mi cabeza pidiéndome la vez para
encenderme el cohete que siempre llevo incrustado en el culo, volver a pedir
una visa de turista como esos millones de viajeros que vienen cada año de
vacaciones. No lo calificaré de lamentable, pero el caso es que ocurrió al
tiempo que una letal borrasca de EREs dejaba en la profesión un yermo paisaje
de película del género western, esa en la que aparece el forastero, que además
es el bueno, por vez primera en el pueblo; redacciones mermadas; vacío, desierto
y una bola de paja que rueda empujada por el viento. Un paisaje que quedó al
mando, entonces y a resultas, de eternos segundones quienes, ante otro panorama
meteorológico, jamás hubiesen pasado de comandar los cuartos de baño y la
máquina de café. De tal modo que aquel territorio emocional que para mí fue el
primer periódico “de verdad”, en el que comencé a trabajar después de dos años
fotografiando para una revista de vinos, donde guardo muy buenos amigos y al
que siempre he acudido en busca de refugio cuando me he quedado en la calle, ya
no era el mismo lugar sino uno nuevo que, ante las ausencias forzadas, optaba
por emplear a otros nuevos. Acotado este paréntesis, tal vez gratuito (no
creo), volvemos a la cuestión de ser periodista-turista en India. La
legislación actual, para las visas de turista, concede seis meses de
residencia, de los cuales no se pueden sobrepasar más de 90 días seguidos en
suelo indio. O sea, que te toca salir del país un mínimo de 24h para poder
volver a disfrutar de 90 días más en la India. El año pasado, el país elegido
para sortear esta insalvable letra pequeña del salvoconducto patrio, fue Nepal.
Tenía la expo en el Cervantes de Nueva Delhi para
mayo, ese mismo mes iba a empezar a impartir unos cursos de fotografía, y
resolví que lo mejor sería salir de India vía Katmandú –un trayecto rápido de
apenas una hora de vuelo, que en aquel momento, además, se ofrecía muy barato-,
para reservarme 90 días de estancia seguida en India. Para los que ejercemos
esta profesión de cuentistas, aunque cada vez menos, de acuerdo a las normas no
escritas del tango –el movimiento ha de fluir; kilómetros, barro y malas
habitaciones antes que un contrato de tarifa plana en la capital de tu dominios;
venirte a cubrir un país como India y refreír historias de agencia o de la
prensa local en inglés con página en internet, toda, debería estar penado con el destierro laboral, pero eso es
otra historia-, la posibilidad de encontrar algo cómodo, aunque cueste un
poquito más que lo que tu rancio presupuesto te dicta, es casi una obsesión. Las
habitaciones en Katmandú son malas; muy viejas y muy sucias. La mayoría, llena
de cucarachas y otros visitantes nocturnos. Por 15€, creo recordar, me hice con
una habitación en un hotel nuevo y bastante moderno, a un corto paseo de donde
empieza el barrio de Thamel –centro neurálgico y mochilero de Katmandú-, para
diez días que pagué al contado y desdibujaron la idea de alquilar una moto y
acercarme a Pokhara, a ver cómo la percibía cinco años después.
Katmandú no es fea, pero tampoco bonita y mucho menos
apacible y grata como Pokhara. La oportunidad de centrarme diez días sólo en la
capital, cámara en mano y oreja avizor, me permitió fotografiar un par de
reportajes de viajes bien hechos, acariciando esa calma inusual de quien no
tiene prisa porque la imagen aparezca –aprovechaba mucho la luz; comenzaba a
disparar por la mañana, muy pronto, y continuaba hasta entrada la noche-, y
conocer gente dispar sobre la que escribir un buen artículo, como este de estas locas que me encontré.
Ahora pienso en todo eso. Pienso eso, pese al
sarpullido que lacera mis entrañas al asistir, como suele ocurrir –humanos
somos-, a esa extraña celebración de la desgracia ajena que tanto nos gusta en
Occidente. Las redes sociales se llenan de imágenes de la Plaza Durbar con pies
de fotos que rezan “Estuve hace sólo siete años allí y me encuentro en estado
de shock”. Reconoces quiénes son tus amigos porque son los únicos que no se
molestan en preguntar si estás bien. Los satélites se colapsan de mensajes de
una a otra parte del globo que buscan, tal vez, si el único conocido que tienen
sobre terreno sigue vivo o pueden decir que está muerto, casi con la alegría y alivio
de quien, al menos, ha encontrado una vía directa de conexión con la actualidad
del momento, trending topic mundial; decir “pues yo conocía a una víctima”. No es ni fue mi caso y trato de no juzgarlo porque entiendo que es, y lo achaco, a un instinto incontrolablemente animal, a esa necesidad de tener constancia,
más que nunca, de pertenencia a una especie. Una especie donde, como en todas
las demás, la gente nace, se reproduce y muere. Es posible que yo haya pecado
de lo mismo. Sin embargo, no puedo con ello. Me pasó con la muerte de mi amigo Òscar.
Parecía que había gente que sentía alivio y alegría por haberlo conocido,
aunque fuera remotamente. Lo siento, pero no puedo con ello.
Pienso en aquel catalán algo sombras, enamorado de
la obra, vida y milagros de Vicente Ferrer (quien era de Calella, por cierto;
siempre Calella), que conocí después de pasar una hora perdido mientras buscaba
el “refugio” que regentaba desde hace décadas en Katmandú, dando cobertura,
alimento y educación a niñas de la calle. Aparecí, sin saberlo, el mismo día
que celebraban una fiesta en el colegio, y todo fue bien hasta que apareció una
señora socia del proyecto, de la peor y más rancia burguesía pijería
barcelonesa (que no catalana); una cacatúa de 150 años con serios y graves
problemas de misantropía, y decidí que le iba a aguantar los insultos y otras
cuchilladas verbales –perdónenme los lectores-, su PUTÍSIMA MADRE, cosa para la
que si el asunto va de highclass, no
hace falta ni dejar de sonreír ni ser maleducado. El tipo era una buena
persona, algo sombras pero buena persona, al fin y al cabo, y de allí también
surgió una de las chicas más guapas que he encontrado en mi vida. Joven pero
con el suficiente cerebro como para hacerme la cobra y permanecer aún en mi
nómina de contactos a mantener. Pienso en el israelí a quien había conocido
años atrás en Pahar Ganj, un programador majete y con buena memoria que había
vivido en Barcelona, hablaba muy buen español, y llevaba los dos últimos años
repartiendo sus visas entre un lugar remoto de las montañas del norte de India,
que ahora no recuerdo, y Katmandú. Y sin pasar por casa. Pienso en él y en los
porritos que nos fumábamos en la terraza del H2O cada dos horas de ordenador.
En los amigos allí afincados que me presentó. Pienso también en las adorables y
divertidísimas nepalesas del “Seven Summits” con las que pasé una tarde genial
haciéndoles fotos y hablando con ellas. Y pienso en mi última tarde, la segunda
de tormenta pesada y eléctrica antes de partir de regreso a Delhi a última hora
del día, cuando hubiese anochecido; mirando a un cielo negro y encapotado sobre
el valle de Katmandú, junto a la joven más guapa que me he encontrado en mi vida,
preguntándonos entre sonrisas e inquietud si nuestros aviones –el mío esa noche
y el suyo dos días después-, serían capaces de levantar el vuelo rápido y
precisos como para sortear la cima de esos Himalayas que hacen del aeropuerto
de Katmandú uno de los más peligrosos del mundo. Sentado en la cabina del
avión, con el piloto en carrera y decidido a despegar después de una hora de
espera sin que hubiesen cedido ni lluvia ni rayos, pensé que aunque la física
no falla es mejor no medirse nunca con la naturaleza.
Ahora pienso en todo eso y esas habitaciones pequeñas, sucias y viejas, en
edificios viejos que quise evitar, precisamente por viejo, y se me hacen grandes, más
grandes que nunca; como las fotos que tomé y que ya no existen, véase la que
ilustra esta letras, el bello patrimonio histórico que fue la Plaza Durbar, hecho
añicos. Pienso eso al tiempo que trato de no pensar en que no iré, en que NO
voy a ir. Me descubro mirando posibles rutas de acceso para llegar hasta
Katmandú y poder cubrir aquello, codo con codo, junto a uno de los pueblos más dulces
y merecedores de felicidad de toda la amplísima y vasta región sudasiática. Me
preguntaron de mi actual redacción en Madrid si andaba cerca, pero no si necesitaba algo de líquido para llegar a la zona y cubrirla con un mínimo de
solvencia. No les culpo. Trabajo muy bien con ellos y las reglas están muy
claras. Pero no voy a hablar del desastre sin estar en la zona porque hay
letras de tangos que no bailo y apuntes en el banco que no llegan. Me quedo
aquí, en Himachal Pradesh, mirando el mapa y haciendo cálculos de naturaleza
absurda; estados, fronteras, líneas terrestres y epicentros. Toreando el dolor,
doble, de querer estar allí y no estar. Los terremotos, como los EREs,
destrozan paisajes que ya nunca volverán a ser los de antes. Y hay que
aceptarlo.
Mi corazón y mi rabia con todas las víctimas.
P.D. – Horas antes de terminar este post, un
segundo terremoto de 6.7 de intensidad, ha vuelto a mover a los Himalayas
propagando el temblor West Bengal, en India, y esta vez también Bangladesh. Me
pregunto si va a aparecer la cifra de extranjeros fallecidos –a las seis de la
mañana, hora del primer temblor, todo mochilero anda durmiendo todavía en esas
viejas habitaciones que hoy estarán derruidas-, de una (puta) vez o van a estar mucho
más sin poder "precisar".
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