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Hay algo inherente a la cuestión de género en el
instinto cazador de un hombre. Quizá esté en su naturaleza, en su propia
esencia, ajeno a toda razón. Esperando la ocasión de decir “Hola” a la menor
oportunidad. O quizá no. Qué más da. El ser humano es otra sombra que espera
escondida entre el follaje a que entre en escena su presa. La vida misma. Es
fácil. Sólo hay que ser paciente en la espera, contener un poco el aliento
cuando aparezca y apuntar con un poco de pulso. Y, et voilá, disparar. Decir “Hola” para añadir “Sayonara”. Un par de gestos
que acabarán, visto y no visto, con ese miedo atávico que padece nuestra
especie –o nuestro género-, a saltarse la cadena y/o el orden natural de las
cosas.
Y sin embargo… El hombre es ahora un cazador que, perdido en la maleza
del bosque, espera ya demasiado tiempo a que aparezca su presa. Siente por
primera vez miedo a volver a su cueva con las manos vacías. De poco sirve ya
cazar pequeñas piezas de vez en cuando. Apenas son bocado. Necesita una gran
pieza que alimente a lo suyo y a los suyos su instinto. Y ahora ese hombre pasa el día
entero preguntándose qué sucede, por qué ya ningún animal se cruza por delante.
¿Se habrán extinguido?
Y aún diría más: ¿Dije “hombre”? Quizá sólo quise
decir “Periodismo”. Quizá, como todo buen reportaje, igual esa gran pieza espere
agazapada detrás tuyo y no la veas, mirando a lontananza como miras, mientras
esperas, agazapado tú también, a que ésta aparezca como por arte de magia en tu
horizonte. Y quizá, también, tu alimento ya no sea ese animal que esperas y que
quizá no haya (ya) de aparecer, sino los árboles que te cobijan. Quizá sólo sea
eso. Sólo quizá.
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Con Katia camino de Japón e Ito de los Anapurnas concluye
este aterrizaje cuasi forzoso en Pushkar, corazón sagrado del Rajastán y punto
de partida, por varios motivos, de este proyecto de ebook sobre India. Entre ellos, Ito y Katia. A Ito primero en una
casa de cambio, y a Katia media hora después, los conocí hace unos años
haciendo un bonito reportaje que puedes leer aquí. Al primer encuentro,
puramente laboral, le siguieron otros puramente ociosos y desde entonces están
en la agenda de amigos con los que contar, aquí mismo en India (siempre), en
Valencia (también), o Portugal, donde residen la otra mitad del año. De una
temporada a esta parte, además, les fotografío el catálogo de la ropa que
fabrican y que distribuyen por media Europa bajo la marca de homestreethome.
Tres intensas sesiones de shooting a
las que siguieron un peliagudo proceso de postproducción:
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© homestreethome / Photo by Rafa Gassó |
Un trabajo que he destinado íntegramente a la
financiación de este proyecto y que, además, recibió la visita sorpresa de
Félix, otra de esas almas únicas que te encuentras viajando. La última imagen
que conservaba de él era de la larga fiesta de mi 40 cumpleaños, comunicando a
las 7 de la mañana del día después –bañador como única prenda, jarra de cerveza
en mano-, que el último barril de cerveza acababa de expirar entre sus manos.
Luego de eso cogió un avión de vuelta a su Mallorca natal.
La anterior imagen pertenece a un año antes, en el invierno de 2013. Es de la última mañana en el Kumbh Mela, Allahabad, que con cerca de 100 millones de peregrinos es la mayor reunión religiosa del mundo a la que hemos acudido desde Varanasi, Kiku, Félix y yo, con el fotógrafo Jordi Pizarro de cicerone. Queremos ver aquel evento que se celebra cada 12 años y servidor hacer un reportaje para, valga la redundancia, El Mundo. Hace un frío húmedo que congela huesos y músculos, la niebla no deja ver más allá de un palmo hasta bien entrado el día y los seis kilómetros que separan nuestro campamento de donde esa mañana se celebra el segundo “gran baño” (con cuatro millones de hinduistas a remojo), es un enorme barrizal repleto de fango que hay que sortear andando. Hemos dejado a Kiku durmiendo para levantarnos a las cuatro de la mañana y mientras Félix vigila el equipaje –dejaremos esa misma mañana Allahabad después de tres días de trabajo-, yo me acerco a la orilla a hacer fotos:
La anterior imagen pertenece a un año antes, en el invierno de 2013. Es de la última mañana en el Kumbh Mela, Allahabad, que con cerca de 100 millones de peregrinos es la mayor reunión religiosa del mundo a la que hemos acudido desde Varanasi, Kiku, Félix y yo, con el fotógrafo Jordi Pizarro de cicerone. Queremos ver aquel evento que se celebra cada 12 años y servidor hacer un reportaje para, valga la redundancia, El Mundo. Hace un frío húmedo que congela huesos y músculos, la niebla no deja ver más allá de un palmo hasta bien entrado el día y los seis kilómetros que separan nuestro campamento de donde esa mañana se celebra el segundo “gran baño” (con cuatro millones de hinduistas a remojo), es un enorme barrizal repleto de fango que hay que sortear andando. Hemos dejado a Kiku durmiendo para levantarnos a las cuatro de la mañana y mientras Félix vigila el equipaje –dejaremos esa misma mañana Allahabad después de tres días de trabajo-, yo me acerco a la orilla a hacer fotos:
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Segundo "gran baño" del Kumbh Mela. Allahabad / © Rafa Gassó |
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Segundo "gran baño" del Kumbh Mela. Allahabad / © Rafa Gassó |
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Segundo "gran baño" del Kumbh Mela. Allahabad / © Rafa Gassó |
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La imagen contigua es la de Kiku, Félix y yo en una
comisaría a la que hemos acudido a denunciar el robo de la cartera (dinero,
tarjetas, pasaporte) de Félix en un descuido mientras yo hacía fotos, todos
tres con el gesto torcido y los ojos como platos. Estamos formalizando papeles
y acaba de entrar un detenido, carterista de poca monta, al que se disponen a
reventar. Para empezar, todo el que pasaba por allí, de uniforme o de paisano,
le ha soltado un guantazo a mano abierta y de estilo meningitis (o te mata o te
deja tonto). Si tenemos en cuenta las dimensiones de la corpulenta policía
india para lo que es la media nacional, unos 1,90m de estatura por cabestro, el
cerebro del colega ya debe de tener la textura de un Dun-up. Para continuar, y
mientras los demás detenidos –sentados en el suelo y atados de brazo en brazo
con una cuerda-, le miran con cara de decirle “Prepárate que la fiesta no ha
hecho más que empezar”, el tío acaba con todos los dedos de la 'mano carterista'
dislocados hacia atrás por una llave destinada a quebrar huesos, y con el culo
en pompa y la cabeza aplastada y sujeta contra el suelo por una talla de zapato
44. Junto a este, otro policía se arremanga y, cogiendo impulso, comienza a
atizarle en el trasero con una porra de bambú como quien golpea una pelota de
golf. Tomar aire y soltar aire. Impulso y colisión de materiales. Palo, culo. Una
vez, dos veces. Treinta veces. Al final al tipo ni se le oye. Todo él es un
alarido mudo que se queda tras nosotros mientras un sargento de la secreta nos
invita obliga a pirarnos de allí, amablemente, hasta acompañarnos a coger un
ciclorickshaw que nos llevará a la estación de autobuses y que él mismo, el
secreta, negociará por nosotros a la baja.
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Félix / © Rafa Gassó |
Esa misma noche la policía nos llamará al hotel de
Varanasi para comunicarnos que han encontrado la cartera y al día siguiente,
penúltimo día que habré visto a Félix hasta el shotting de homestreethome, este
partirá hacia Allahabad para recuperarla. Que una cartera robada aparezca
intacta entre cuatro millones de peregrinos, y que la policía nos localice para
devolvérnosla sin que le hayamos dicho a dónde nos dirigíamos, tiene poco de
mágico. Son los minusvalorados, por rudimentarios, sistemas de Inteligencia; como
el caos en la India, y su boca a boca, funcionan como un reloj suizo. Pero eso
sería carne para otro post. Y este venía hablar de por qué empezar este
proyecto en Pushkar. El primer motivo ya lo he contado. El segundo…
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[Continuará].
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